La historia de Kayleen: Una lucha por su vida, impulsada por la Fe y el Amor
En Octubre 2024, pocas semanas antes de su fiesta de 16 años, a nuestra hermosa hija Kayleen le diagnosticaron un tipo raro y agresivo de cáncer de hígado. Todo comenzó con un dolor abdominal aparentemente inofensivo. Las molestias iban y venían, y pensamos que podría ser algo simple como estreñimiento. Pero con el paso de los días, noté una ligera hinchazón en la parte superior del abdomen, y algo en mi corazón me dijo que actuara rápido.
El 8 de Octubre, la llevé a urgencias tras no poder conseguir una cita oportuna con un especialista. Le hicieron una radiografía y mas tarde en camino a comprar mi vestido para su fiesta de 16 años, recibí una llamada del médico. Habían revisado las imágenes y encontraron algo inusual. Regresamos de inmediato para una tomografía computarizada. Poco después, el médico me llevó aparte y confirmó la presencia de una gran masa en su hígado, de 19 centímetros. Se me encogio el corazón. Entré al baño, rompí a llorar y llamé a mi esposo.
Ese momento cambió nuestras vidas para siempre.
Desde ese día, le prometimos a Kayleen que seríamos su fuerza, sus defensores y su refugio. Nos ingresaron en el Hospital de Hackensack, donde le realizaron una biopsia. Una semana después, decidimos trasladarnos al Hospital Infantil de Filadelfia (CHOP), con la esperanza de recibir la mejor atención posible. El 18 de octubre, recibimos la devastadora noticia: Kayleen tenía sarcoma embrionario indiferenciado de hígado; un cáncer poco común y agresivo con solo unos 7 casos al año.
Estábamos desconsolados. Cómo pudo pasarle esto a mi bebé, a una niña tan bondadosa, pura y amorosa? Pero Kayleen afrontó el diagnóstico con fuerza y optimismo, y sabíamos que debíamos hacer lo mismo. Nos apoyamos en la fe, la oración y en el apoyo mutuo.
La quimioterapia comenzó poco después, pero pronto surgieron complicaciones. Después del primer tratamiento, Kayleen desarrolló una reacción rara, neurotoxicidad, que afectó su capacidad para hablar, caminar y mantenerse consciente. Fue aterrador. Se sometió a electroencefalogramas e imágenes cerebrales para descartar convulsiones. Los médicos nos explicaron que era un efecto secundario conocido, pero poco común, que suele pasar en pocos días. Aun así, el miedo era abrumador. Esa noche, mi esposo y yo estábamos fuera de control. Nos turnábamos para ser fuertes y derrumbarnos.
Lo que se esperaba que fuera un tratamiento ambulatorio se convirtió en una hospitalización prolongada que duró meses e incluyó infecciones, efectos secundarios y procedimientos constantes. Su vía central se infectó y desarrolló una inflamación grave en las piernas y el abdomen. A medida que el tumor crecía, comprimía sus órganos internos, lo que le impedía comer o estar cómoda. El dolor aumentaba cada día y, finalmente, Kayleen necesitó morfina continua para controlar el dolor. Su piel se tornó amarillenta por el aumento de los niveles de bilirrubina y se debilitó demasiado para caminar sola. Por aquel entonces, Kayleen comenzó a sufrir ansiedad extrema. Procedimientos sencillos como una radiografía se volvían abrumadores para ella. Con el paso de los días, notábamos que Kayleen recibía mucha medicación y que algunos días no estaba muy presente, se sentía cansada e incómoda. Finalmente, la trasladaron a la UCI debido a la progresión de su enfermedad.
Una tomografía por emisión de positrones (TEP) a principios de diciembre reveló nuevas áreas de preocupación y actividad metabólica, especialmente en sus huesos y piernas. Si bien no confirmó el cáncer, sí alertó seriamente. Nuestras opciones se estaban limitando, e incluso nos dijeron que nos preparáramos y aprovecharamos el tiempo. Sin embargo, nos negamos a rendirnos; no era una opción. Nos aferramos a la fe, creyendo que Dios podía hacer posible lo imposible.
Nos sugirieron radioterapia, un tratamiento que no se suele usar para este tipo de cáncer, pero era la única opción que nos quedaba. Ante la creciente complejidad médica, mis hermanas y yo empezamos a contactar con hospitales de Estados Unidos y México en busca de un milagro.
Ese milagro llegó en la persona del Dr. Vasudevan, del Texas Children’s Hospital. Ya había tratado con éxito un caso similar y, tras revisar el historial clínico de Kayleen y sus biopsias recientes (que, afortunadamente, resultaron normales), la pudo aceptar como paciente. El 13 de diciembre, Kayleen fue trasladada a Texas Children’s Hospital para comenzar una nueva etapa en su atención medica.
Una nueva resonancia magnética mostró resultados prometedores, más áreas tumorales necróticas (muertas) y el plan original de radioterapia dirigida (TARE) ya no era necesario. Tras una evaluación exhaustiva, se determinó que la opción más segura y eficaz era un trasplante de hígado. Con la ayuda de Dios, Kayleen fue aprobada rápidamente y puesta en la lista de espera para trasplantes. A finales de enero, recibimos la llamada por la que habíamos estado orando: había un donante de hígado disponible. Fue un momento de una emoción abrumadora: alivio, gratitud, ansiedad y miedo a la vez. Sabíamos que era un milagro.
Kayleen se sometió a un trasplante y recibió el regalo de la vida. Siempre guardaremos una profunda gratitud en nuestros corazones por el generoso donante y su familia, cuyo regalo de vida le dio a nuestra hija una segunda oportunidad. Su valentía y generosidad forma parte de la historia de Kayleen, ahora y siempre.
El camino desde entonces no ha sido nada fácil. Sufrió convulsiones causadas por medicamentos antirrechazo, se sometió a quimioterapia adicional, luchó contra dolores de cabeza persistentes y desarrolló una infección grave en el puerto de entrada que le provocó sepsis. Su estado se volvió crítico rápidamente y fue ingresada de urgencia en la UCI cuando su presión arterial bajó a niveles peligrosamente bajos. Estos fueron algunos de los momentos más aterradores y difíciles que hemos enfrentado como padres. Sin embargo, a pesar de todo, Kayleen luchó con todas sus fuerzas.
Su estancia en el hospital duró seis largos meses. El 1 de abril de 2025, nos dieron de alta del hospital en Houston, Texas, y nos mudamos a una unidad de alojamiento temporal para familias como la nuestra, cerca del hospital. Fue el momento que habíamos esperado durante meses: un soplo de esperanza, sanación y nuevos comienzos. Este camino nos ha puesto a prueba en todos los sentidos, pero hoy, estamos abrumados por la gratitud al compartir que Kayleen se encuentra actualmente en remisión y se recupera día a día. Agradecemos a Dios por su fortaleza y sanación, mientras seguimos adelante con fe, paso a paso.
Kayleen ha enfrentado más en los últimos meses que la mayoría enfrentará en toda su vida. A lo largo de todo, ha demostrado una fuerza, fe y resiliencia inimaginables. No solo lucho contra el cáncer, sino que inspira a todos a su alrededor con su valentía. Actualmente nos encontramos en Texas para su recuperación, lejos de nuestro hogar, familia y estabilidad. Mi esposo y yo hemos estado junto a Kayleen desde el primer día y no nos hemos separado de ella, lo que nos ha dificultado cubrir los gastos médicos y de alojamiento. Con la atención médica continua de por vida, los gastos de medicamentos y los viajes al centro de trasplantes, la carga financiera es abrumadora. Con su apoyo, podemos seguir brindándole a Kayleen la atención que necesita y merece. Cada donación, oración y palabra amable nos ayuda a llevar esta carga y a seguir adelante.
Gracias por acompañarnos en este camino de amor, sanación y esperanza.