Our Story

On September 28, 2023, my life changed completely. I was admitted to Riley Hospital for Children after my lab results came back dangerously high. Before that, I had already been in another hospital, where the doctors said they couldn’t do anything more for me. I was scared and confused. They gave me a blood transfusion and sent me by ambulance to Riley Hospital in Indianapolis.

When I arrived, the doctors ran more tests, but no one could tell me what was wrong. My creatinine levels were off the charts, and they said it could be kidney cancer or vasculitis – an autoimmune disease. After a biopsy, I finally got my answer — it was vasculitis. My kidneys were only working at 30%, and I had to start dialysis right away.

I remember being so full of fluid because my kidneys weren’t doing their job. I got a hemodialysis catheter placed in my chest and started treatment in the hospital. The steroids they gave me made me feel uncomfortable in my own body — I didn’t even recognize myself anymore. When I was finally sent home, I had to travel from home to Indianapolis three times a week for dialysis — a two-and-a-half-hour drive each way. Those rides were exhausting, but I knew I had to keep going.

The months that followed were full of challenges. My catheter kept causing problems, in 2024 alone, it had to be replaced more than five times. I had to leave pediatric care and move into adult care, which was another big change. During one hospital visit in Mishawaka, my blood sugar dropped, and they told me I needed surgery to replace my catheter again. This time, they placed an adult catheter, which made a big difference. The day after surgery was my sister’s wedding, and even though I was sore and tired, I was determined to be there.

A few weeks later, I started having terrible stomach pain. I went to the hospital, and they told me it was nothing serious. But later that day, the pain got so bad that my parents had to call an ambulance. After more tests, they found a blood clot near my lungs and heart. I was sent back to Riley Hospital for surgery.

That was when my parents and I decided to switch from hemodialysis to peritoneal dialysis — which meant I could finally do my treatments at home. After surgery, I immediately felt relief. Not only was the blood clot gone, but I finally felt like I had a little more control over my life again.

As I started to adjust to doing dialysis at home, I tried to focus on the parts of my life that made me feel like me again. One of those things was college. Even while going through all of this, I’ve continued pursuing my dream of becoming a teacher. I’m currently studying Elementary Education because I’ve always wanted to help kids learn, grow and feel supported, just like so many people have supported me.

Balancing school and my health haven’t been easy, especially since I can’t work right now due to my condition and nightly dialysis treatments. But staying in school gives me purpose and hope for the future. It reminds me that I’m more than my illness — I’m still chasing my dreams, one step at a time.

A year later, I began my kidney transplant evaluation. It’s been a long road — full of appointments, bloodwork, and hospital stays — but through it all, I’ve stayed hopeful. I know that a kidney transplant isn’t a cure, and that vasculitis will always be part of my life. But a transplant will give me something I’ve been fighting so hard for — the chance to live a normal, happy, and healthy life again.

Every day, I’m grateful for how far I’ve come. I’m thankful for my family, my doctors, and everyone who’s supported me. My journey hasn’t been easy, but it’s taught me to keep going, no matter what. And now, I’m holding on to hope — hope for my transplant, and for a brighter, stronger future.

The Children’s Organ Transplant Association (COTA) helps children and young adults who need a life-saving transplant by providing fundraising assistance and family support. COTA is the nation’s only fundraising organization solely dedicated to raising life-saving dollars in honor of transplant-needy children and young adults. 100% of each contribution made to COTA in honor of our patients helps meet transplant-related expenses. COTA’s services are free to our families, and gifts to COTA are tax deductible to the fullest extent of the law.

El 28 de septiembre de 2023, mi vida cambió por completo. Fui admitida en el Hospital Infantil Riley después de que mis resultados de laboratorio salieran peligrosamente altos. Antes de eso, ya había estado en otro hospital, donde los doctores me dijeron que no podían hacer nada más por mí. Estaba asustada y confundida. Me dieron una transfusión de sangre y me enviaron en ambulancia al Hospital Riley en Indianápolis.

Cuando llegué, los doctores realizaron más pruebas, pero nadie podía decirme qué tenía. Mis niveles de creatinina estaban por las nubes, y dijeron que podía ser cáncer de riñón o vasculitis —una enfermedad autoinmune. Después de una biopsia, finalmente obtuve mi respuesta: era vasculitis. Mis riñones solo funcionaban al 30%, y tuve que comenzar diálisis de inmediato.

Recuerdo estar tan llena de líquido porque mis riñones no estaban haciendo su trabajo. Me colocaron un catéter de hemodiálisis en el pecho y comencé el tratamiento en el hospital. Los esteroides que me dieron me hicieron sentir incómoda en mi propio cuerpo —ya no me reconocía. Cuando finalmente me dieron el alta, tenía que viajar de mi casa a Indianápolis tres veces por semana para la diálisis —un viaje de dos horas y media de ida. Esos trayectos eran agotadores, pero sabía que tenía que seguir adelante.

Los meses siguientes estuvieron llenos de desafíos. Mi catéter seguía causando problemas; solo en 2024, tuvo que ser reemplazado más de cinco veces. Tuve que dejar la atención pediátrica y pasar a la atención de adultos, lo cual fue otro gran cambio. Durante una visita al hospital en Mishawaka, mi nivel de azúcar en la sangre bajó, y me dijeron que necesitaba cirugía para reemplazar el catéter otra vez. Esta vez, colocaron un catéter de adulto, lo que marcó una gran diferencia. El día después de la cirugía fue la boda de mi hermana, y aunque estaba adolorida y cansada, estaba decidida a estar allí.

Unas semanas después, comencé a tener un dolor de estómago terrible. Fui al hospital, y me dijeron que no era nada grave. Pero más tarde ese día, el dolor se volvió tan fuerte que mis padres tuvieron que llamar a una ambulancia. Después de más pruebas, encontraron un coágulo de sangre cerca de mis pulmones y corazón. Me enviaron de nuevo al Hospital Riley para una cirugía.

Fue entonces cuando mis padres y yo decidimos cambiar de hemodiálisis a diálisis peritoneal —lo que significaba que finalmente podía hacer mis tratamientos en casa. Después de la cirugía, sentí un alivio inmediato. No solo había desaparecido el coágulo, sino que por fin sentía que tenía un poco más de control sobre mi vida.

Mientras me adaptaba a hacer la diálisis en casa, traté de concentrarme en las partes de mi vida que me hacían sentir yo misma otra vez. Una de esas cosas fue la universidad. Aun pasando por todo esto, he seguido persiguiendo mi sueño de convertirme en maestra. Actualmente estudio Educación Primaria porque siempre he querido ayudar a los niños a aprender, crecer y sentirse apoyados, tal como muchas personas me han apoyado a mí.

Equilibrar los estudios y mi salud no ha sido fácil, especialmente porque no puedo trabajar en este momento debido a mi condición y a los tratamientos nocturnos de diálisis. Pero seguir en la escuela me da propósito y esperanza para el futuro. Me recuerda que soy más que mi enfermedad —todavía estoy persiguiendo mis sueños, paso a paso.

Un año después, comencé mi evaluación para el trasplante de riñón. Ha sido un camino largo —lleno de citas, análisis de sangre y hospitalizaciones— pero a pesar de todo, he mantenido la esperanza. Sé que un trasplante de riñón no es una cura y que la vasculitis siempre será parte de mi vida. Pero un trasplante me dará algo por lo que he luchado tanto: la oportunidad de vivir una vida normal, feliz y saludable nuevamente.

Cada día, estoy agradecida por lo lejos que he llegado. Agradezco a mi familia, a mis doctores y a todos los que me han apoyado. Mi camino no ha sido fácil, pero me ha enseñado a seguir adelante sin importar qué. Y ahora, me aferro a la esperanza —esperanza por mi trasplante y por un futuro más brillante y fuerte. La Asociación para el Trasplante de Órganos Infantiles (COTA, por sus siglas en inglés) ayuda a niños y jóvenes adultos que necesitan un trasplante que les salve la vida, brindando apoyo a las familias y asistencia para recaudar fondos. COTA es la única organización nacional de recaudación de fondos dedicada exclusivamente a obtener los recursos necesarios para ayudar a niños y jóvenes adultos en espera de un trasplante. El 100% de cada contribución hecha a COTA en honor a nuestros pacientes se destina a cubrir gastos relacionados con el trasplante. Los servicios de COTA son gratuitos para nuestras familias, y las donaciones son deducibles de impuestos al máximo permitido por la leya

One thought on “Our Story

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *